La vida de un hombre que, a sus 92 años, ha cimentado una existencia en base al esfuerzo.
Por Pablo Uría
Antonio Sala, mi abuelo, nació en una casa de campo a un kilómetro y medio de la ciudad de Cortínez (en Luján), el 13 de Junio de 1917. Es hijo de padres italianos, el sexto de trece hermanos (nueve mujeres y cuatro varones).
Era una familia que se dedicaba a los trabajos de campo, sembraba y cosechaba en pequeñas chacras, practicando la cría de cerdos y aves de corral. Desde muy pequeño, él convivió con estas tareas, y aprendió a divertirse al aire libre y a andar a caballo, medio que utilizaba para ir a la escuela. ¨
Él cursó sus primeros años en la Escuela 4 de Cortínez, la cual tuvo que finalizar con gran esfuerzo y dedicación, ya que a menudo debía viajar en tren hasta Mercedes, lo cual era toda una odisea para la época.
Más tarde, se fue a vivir a Cortínez, y a los 15 años comenzó a trabajar en la Algodonera Flandria SA de Julio Stéverlynck, una industria textil de la zona.
A los 19 años conoció a Ana Aguirrezabala (que tenía 18), y que también trabajaba en Flandria.
En el año 1941 se instaló con su familia en Pueblo Nuevo (en la calle Las Catalpas). En ese tiempo pudo comprar un amplio terreno cerca de allí, donde construyó su casa, donde vivió a partir de 1944, cuando se casó con Ana. La casa, en la que vive actualmente, es un típico hogar de la época, con paredes de ladrillo y barro, con amplias habitaciones y cómodas, con un jardín enfrente, y un extenso terreno con plantas frutales, grandes árboles, y un fondo espacioso que albergaba la huerta familiar.
Antonio y Ana tuvieron dos hijos, mi madre Celina Sala, y mi tío, Ernesto Sala.
Con su carácter fuerte y decidido, y gran voluntad de trabajo, se desempeñó como capataz a cargo del sector de “preparación” en la Algodonera (trabajo que continuó por 48 años hasta su jubilación).
Formó parte, además, de la Asociación del Rinconcito de Tierra, que aportaba plantas, herramientas, y asesoramiento para los emprendimientos agrícolas realizados en el pueblo.
Le gustaba participar en carreras locales que se organizaban periódicamente, y realizaba grandes compras mensuales a la Cooperativa Obreros de Flandria donde se vendían artículos de almacén.
Con regularidad participaba (y participa) de reuniones familiares para celebrar, cumpleaños, casamientos, fiestas de 15, de Navidad, y de Año Nuevo. Siempre mantiene como hobbies la lectura de los diarios y libros (principalmente los de historia). Le gusta ver la televisión, especialmente deportes en general (su equipo de fútbol favorito es Boca). Además, le gusta contar anécdotas de su juventud, recordando amigos, familiares, y compañeros de trabajo. Una de las anécdotas más comunes era de cuando la sirena de la fábrica ponía en marcha al pueblo, los obreros iban a las industrias (Algodonera Flandria o Linera Bonaerense), y los chicos a las escuelas, mientras los negocios iban abriendo sus puertas. Siempre fue muy apasionado por la pesca, a pesar de que actualmente no la practica con tanta regularidad, le gusta pasar un día de picnic a orillas de un río o de una laguna.
En el pasado fue un hombre muy activo, y con los años se muestra más ansioso al no poder realizar ciertas tareas, dependiendo de los demás. Su gran voluntad y el apoyo familiar lo ayudaron a superar en 1980 un grave accidente automovilístico que le impidió caminar durante un año. Sin embargo, el suceso más triste en su vida fue la muerte de mi abuela Ana cuando él, con 80 años la acompañó junto a sus hijos y nietos durante su larga enfermedad, después de estar casados 53 años. Sus momentos felices se dieron con el nacimiento de cada uno de sus nietos y las reuniones con toda su familia. Es un hombre muy agradecido por la vida, y cuando habla de sus últimos días dice que desea pasarlos en paz, sin temor a la muerte pues considera que tuvo la gracia de Dios de vivir esta elevada edad con salud y disfrutando de sus seres queridos.
martes, 15 de septiembre de 2009
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